Asuntos pendientes
Apúntalo en mi cuenta, algún día vendré a pagar.
Mi espacio, mi sitio, mis pensamientos libres, mis ilusiones, mis aficiones, mis curiosidades... Un resumen de mi mundo, que no es gran cosa pero es mio. Y a fin de cuentas ¿qué tenemos realmente nuestro, para siempre, sino nuestra propia compañía?.




La infelicidad de quererlo todo
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Querer cada vez más, quererlo todo, es lícito, e incluso puede ser sano: después de todo, como especie hemos evolucionado en parte gracias a ese anhelo por poseer.Pero el problema surge cuando empezamos a tener demasiadas cosas o, aún peor, cuando nuestra autoestima depende de la obtención de esas cosas y nuestras expectativas son demasiado elevadas.
Hoy, pues, voy a hablaros del problema del estatus y la autoestima.
Nuestros objetivos determinan lo que interpretamos como triunfo y lo que debemos considerar como un fracaso.
...Nuestra autoestima depende por completo de en qué basamos nuestras acciones y nuestros intereses. Cada uno de nosotros participa en carreras distintas, aunque haya medallas comunes. Nuestra autoestima está determinada por la proporción existente entre nuestras realidades y nuestras supuestas potencialidades.
Por lo tanto, cualquier aumento de nuestras expectativas también conlleva un incremento del peligro de humillación. Para determinar nuestras posibilidades de lograr la felicidad es crucial saber qué consideramos normal.
El undécimo Mandamiento
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En occidente tenemos Diez Mandamientos, pero ninguno de ellos nos exhorta a entender el mundo, a comprender las cosas, a combatir la ignorancia y el inmovilismo en las ideas.
Lo cierto es que muy pocas religiones nos empujan a potenciar nuestra comprensión del mundo.
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Los creyentes suelen aducir que quienes creen en la ciencia también tienen otro modo de fe: fe en que, por ejemplo, determinados postulados científicos son verdaderos. Eso es cierto. La diferencia estriba en que las verdades de la religión son incuestionables, eternas, proceden de una sola fuente o de muy pocas fuentes, no se cuestionan a menudo, no se someten a duros análisis so pena de considerarse una falta de respeto, no se conducen, en definitiva, con humildad.
La ciencia es también fe. Fe en hipótesis y teorías. Pero una fe humilde, deseosa de evolucionar, pues considera que no posee la verdad, sino que se aproxima a la verdad en sucesivos adelantos y regresiones.
Estamos viviendo en una época en la que se producen cambios asombrosos a todos los niveles y a unas velocidades que exceden nuestra asimilación. Muchas cosas que se consideraban ciertas hace apenas 25 años ya no lo son. Si no estamos dispuestos a considerar alternativas, nuevas ideas, nuevos enfoques, y evitar en lo posible que nuestras doctrinas lastren nuestro juicio, entonces corremos el riesgo de quedarnos atrás, agarrados a nuestras convicciones de forma desesperada, aterrorizada.
La religión (piensan algunos) ofrece consuelo (algo muy discutible, porque también es fuente de miedos y enfrentamientos) porque ofrece un sentido a lo que de momento no lo tiene. La ciencia te libera de ataduras, ¿y no es ese un mayor consuelo, un consuelo que no depende de que alguien tire de la manta y te descubra que estás equivocado sino que se alimenta precisamente de eliminar equivocaciones?
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Los científicos pueden tener las mismas debilidades psicológicas que los religiosos a la hora de afrontar que pueden estar equivocados. Pero la ciencia es el sistema externo que hemos creado entre todos para evitar que esto pase: todos nos vigilamos unos a otros, exigimos pruebas, verificación, referencias, humildad. La ciencia sería una especie de democracia del pensamiento.
La religión, por el contrario, fomenta la dictadura del pensamiento. Las dudas de fe son peligrosas, ofensivas, dañinas. Se tiene que creer y no cuestionar. El que tiene fe enseguida se ofende, ataca, amenaza. La fe irracional alimenta la parte más visceral del ser humano. Por esa razón no existe un undécimo Mandamiento: aprenderás, dudarás de todo, sobre todo de quienes dicen saber la verdad, y también dudarás de ti mismo y del resto de los 10 Mandamientos. Y si alguien dice que lo que crees es falso o es peligroso, desearás con toda tu alma que te expliquen la razón, para no desperdiciar ni un minuto más en ello.
Basar la moral en la religión: un mal negocio
Uno de los argumentos que salen a colación cuando la típica discusión sobre la existencia de Dios ha llegado a una vía muerta es el de que la religión, esté o no basada en una divinidad inexistente, al menos procura un código de conducta al ser humano.
La religión, pues, lejos de su aparatosidad metafísica, ha establecido una serie de normas a lo largo de la historia, normas sin las cuales la sociedad estaría huérfana de valores. Bien, eso es lo que sostienen los que no tienen en cuenta que el ser humano es moral por naturaleza y que la población carcelaria, porcentualmente, está compuesta por creyentes más que por ateos o agnósticos.
El cínico físico Steven Weinberg expresa de esta forma su parecer sobre los códigos morales que inculca la religión: “Con o sin religión, la gente buena hará el bien y la gente mala hará el mal, pero para que la gente buena haga el mal hace falta la religión”.
Este provocador pensamiento se puede ilustrar mejor gracias a un experimento psicológico clásico sobre el llamado efecto de sobrejustificación a cargo de David Greene, Betty Sternberg y Mark Lepper.
Se seleccionó a diversos grupos de estudiantes de cuarto y quinto grados para que jugaran a una serie de juegos matemáticos, midiéndose en todo momento cuánto tiempo invertían en jugar. En general, empleaban mucho tiempo en ellos.
Días más tarde, los psicólogos propusieron una norma a los niños: aquéllos que jugaran más tiempo tendrían más posibilidades de recibir una recompensa, un premio. Esta oferta provocó que los niños dedicarán todavía más tiempo a sus juegos.
Sin embargo, cuando los investigadores dejaron de ofrecer esta serie de recompensas a los niños, los niños perdieron casi todo el interés hacia los juegos en cuestión. “Las recompensas extrínsecas habían menoscabado el interés intrínseco”, es como lo define el matemático John Allen Paulos.
Los castigos y premios religiosos operan bajo las mismas reglas psicoemocionales. Estas recompensas por ser buenos podrían reducir drásticamente el tiempo dedicado al juego de “ser bueno” si uno reniega de la religión más adelante, aunque sea puntualmente. Por ello, basar la ética en enseñanzas religiosas entraña un peligro latente.
Las cárceles estadounidenses apenas tienen representación atea. En Japón, uno de los países con la tasa de criminalidad más baja, sólo una minoría de sus ciudadanos declara creer en Dios. Las disensiones entre las distintas religiones son una de las causas principales de los conflictos entre países.
El truco quizá estribe en entender por qué hay que respetar al otro y tratar de cumplir las normas escogidas democráticamente entre todos (en el fondo, por una cuestión egoísta, en la que todos saldremos colectivamente ganando) y no seguir a rajatabla un dogma a base imperativos indiscutibles so pena de condena al fuego eterno.